martes, 16 de julio de 2013

MANDELA




Lo que un político puede aprender de Mandela
Por Héctor D'Amico | LA NACION



Cuando llegue la hora, la más temida, toda Sudáfrica saldrá a las calles para despedir y honrar a Nelson Mandela, el líder cuya gesta extraordinaria inspira respeto, admiración y le ha ganado un lugar en el olimpo de los grandes líderes del mundo. Es el condenado a muerte que llegó a presidente, que impidió el suicidio de un país atrapado en el odio y el deseo de venganza; que según las circunstancias y el interlocutor, actuaba con la determinación de Churchill o la paciencia de Gandhi y que aprendió el idioma de sus enemigos sólo para entenderse mejor con ellos, para poder negociar un objetivo desproporcionado: que millones de personas, toda una nación, cambien de opinión.

Un hombre de esa dimensión no puede ser relegado, como tantos mortales ilustres, al espacio de la memoria colectiva, el homenaje o el bronce. Sería un apresuramiento y una equivocación pensar a Mandela en pasado. Un tropiezo regresivo de la política. Sobre todo, en tiempos de crisis en que la praxis de la política es cuestionada en tantas latitudes por no encontrar soluciones a viejos y nuevos problemas de la sociedad; por su insistencia en lo autorreferencial, en estar más atenta a la construcción de candidatos que a la búsqueda de consensos, a las encuestas que a las promesas que les hizo a los votantes. Una política que ha olvidado que, en Atenas, donde nació, era considerada como una de las formas de la moral.

Evocar hoy a Mandela es invocarlo. Como quien despliega un mapa en busca de un punto de referencia. A fin de cuentas, un hombre así aparece muy de vez en cuando en la historia. Su notoriedad como luchador político y social empezó temprano, en las aulas, donde estudió abogacía, pero fue durante la larga noche del apartheid y del traumático proceso de paz cuando su nombre alcanzó el aura de leyenda. Era la Sudáfrica en la que el color de piel lo definía todo: identidad, poder, libertad, castigo, riqueza, abandono.

Tanto su biógrafo, Anthony Sampson, como el periodista John Carlin, autor de El factor humano , tal vez el mejor libro que se haya escrito sobre la transición sudafricana, coinciden en que la grandeza épica de Mandela remite, como perfecta ironía, a la cárcel. A los 27 años que pasó recluido en una celda de cuatro metros por dos, en Robben Island. "El hombre que salió de allí -dice Sampson- era muy diferente del que entró." Había sido condenado de por vida a trabajos forzados, pero asumió que su celda sería, en los hechos, su war room personal. Desde allí definiría la estrategia de liberación y coordinaría las actividades de sus hombres de confianza, la mayoría de ellos miembros del Congreso Nacional Africano (CNA). La prisión, admitió Mandela, "fue una tremenda educación en la paciencia y la perseverancia. Ahí aprendí que la gente no odia, sino que aprende a odiar. También se le puede enseñar a amar y el amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario".

Sampson recuerda que la actitud más desconcertante de Mandela era que se negaba a criticar en público a sus adversarios, incluido el presidente Frederik de Klerk, quien terminaría entregándole el poder. Insistía en que su enemigo era el apartheid , no los blancos o quienes no lo apoyaban. Al ser liberado, en un discurso ante la CNA ratificó su postura: "He peleado contra la dominación blanca y he peleado contra la dominación negra; esta lucha no es otra que la del pueblo africano".

Uno de los más dramáticos episodios en los que puso en juego su popularidad y le creó enemigos entre sus seguidores fue la masacre de Sharpeville, en la que, durante una protesta contra los pases obligatorios exigidos por el gobierno, la policía mató a 68 manifestantes, hirió a 180 y terminó arrestando a otros 11.000. Las palabras de pacificación que pronunció ante los familiares de las víctimas encendieron el desconcierto y la furia. Albertina Sisula, una de las activistas más respetadas del CNA especuló, incluso, con la posibilidad de que Mandela hubiera perdido la razón debido a las condiciones inhumanas de su encierro. "Jamás podremos reconciliarnos con criminales que asesinaron a nuestros hijos, que torturaron y eliminaron a prisioneros en la cárcel", gritó Albertina ante la multitud.

La tensión racial, sabotajes, asesinatos, detenciones clandestinas y la tortura indiscriminada creaban en ese momento una atmósfera tan hostil que el gobierno tuvo que recurrir al vocabulario militar y a una enorme dosis de imaginación para describir la situación como una "guerra civil de baja intensidad". En el escenario de tierra arrasada de Sharpeville y en un país en el que el 79,9% de la población es de ascendencia negra, cualquier otro político se habría refugiado, por lo menos, en el silencio. No Mandela. Insistió en su táctica más exitosa: persuadir al otro, vender su idea. "Nuestro pueblo lleva demasiado tiempo muriendo innecesariamente -les dijo-. Si no somos capaces de frenar otra matanza, les aseguro que la única sangre que correrá será la del hombre negro." Eran palabras sencillas, de consuelo, pero que podían ser escuchadas por la multitud como un insulto.

Visto en retrospectiva, Mandela parecía ser siempre el único en conocer el estrecho sendero que serpenteaba, entre catástrofes, hacia una paz duradera. Ese don, porque de algún modo hay que llamarlo, y su asombroso manejo de los tiempos fueron determinantes para que la minoría blanca abandonara el temor ancestral a un gobierno negro. También, para que la mayoría negra aceptara, después de una marcha de cuatro siglos, que la pulsión vengativa alimentada por tantas humillaciones debía ceder para poder levantar los cimientos de la primera democracia multirracial que conoció el país fundado por los bóeres.

El centro de gravedad del método Mandela siempre fue escuchar al otro, no importa quién ni en qué contexto. "Si quiere hacer las pases con su enemigo -escribió en sus memorias-, usted no tiene otra alternativa que trabajar con él. Es una de las tareas más difíciles para un político. Lo que debe comprender es que no son los enemigos lo que lo asustan; en realidad les teme a las ideas del enemigo, al valor que éstas puedan tener." Durante la campaña electoral que lo llevó a la presidencia repitió, como un mantra, que el verbo reconciliar es el más difícil de conjugar en la política. Lo que está en juego es el temor a ceder demasiado o demasiado pronto, pero la cuestión decisiva es el orgullo de quien negocia porque el orgullo es siempre un factor impredecible.

El obispo Desmond Tutu, su compañero de lucha, que compartió con él y con Frederik de Klerk el Premio Nobel de la Paz, se refirió en un sermón a dos ejemplos que, a su entender, describen con precisión la humildad y el coraje de Mandela. Recordó que era un hombre tan seguro de sí mismo, de su misión en la vida, que en el proceso de transición no se rehusó a negociar, cara a cara, con funcionarios de un gobierno que había ordenado tatuarle un número en el brazo, al igual que en Dachau o Auschwitz. Durante su detención en Robben Island fue el prisionero 466/64.

El otro ejemplo que mencionó Tutu se remonta al año 2005. Ya en la presidencia, Mandela decidió rechazar la idea de presentarse a un segundo mandato, como le sugerían su grupo íntimo y sus ministros. Ningún otro presidente en el mundo tenía tanta popularidad y su "sonrisa de 1000 voltios", como la describió John Carlin, no dejaba dudas acerca del resultado de la elección. Mandela les respondió que sería mucho más útil fuera del gobierno, recorriendo una vez más su país. Su intuición de estadista fue la correcta. Retener el poder otros cuatro años era lo esperable, el clamor de su gente, la ambición de un presidente en ejercicio, pero Mandela no quería despertar ninguna sospecha acerca del futuro de la nueva democracia. Debía ajustarse a la ley y al concepto de alternancia. Fuera del gobierno tendría más libertad para avanzar en su legado: la consolidación de la paz y un mayor acercamiento entre los cinco grupos étnicos que figuraban en el viejo catálogo del apartheid .

El segundo no de Mandela fue previo al Mundial de rugby, que se jugó en Sudáfrica ese mismo año. La selección anfitriona era, para la mayoría de la sociedad, uno de los símbolos perfectos de la supremacía blanca. El boicot internacional contra el apartheid le había impedido al equipo participar en las ediciones de 1987 y 1991. La escena de un presidente negro reunido con la selección sudafricana podía terminar en desastre, incluida la violencia urbana. Pero, una vez más, Mandela supo ver algo diferente: una nueva oportunidad de extender su mano a dos sociedades enfrentadas durante siglos para que, por primera vez, alentaran a un mismo equipo. Abordó un helicóptero, vestido con la camiseta verde y la gorra de la selección nacional, y descendió en el estadio en el que practicaban los jugadores. Les estrechó la mano, posó con todos para una foto histórica y se quedó un buen rato contando chistes. La magia había funcionado. Sudáfrica derrotó a Nueva Zelanda en la final y nadie, ni un solo espectador, insultó al presidente en el estadio.

La política siempre fue el arte de lo posible. Mandela fue más allá.

jueves, 4 de julio de 2013

lo más sencillo es lo verdadero, y lo verdadero es sencillo ( BENEDICTO XVI)

En el libro de BENEDICTO XVI LUZ DEL MUNDO,  El papa, la Iglesia y los signos de los tiempos, Una conversación con Peter Seewald; encontré en el capítulo 17 este párrafo que me pareció genial, aunque todo el reportaje vale la pena ser leído.

Jesucristo regresa

Al filósofo Robert Spaemann le preguntaron en una ocasión si él, un científico de renombre internacional, creía realmente que Jesús nació de una virgen y obró milagros, que resucitó de la muerte y que, con Él, se recibe vida eterna. Puesto que una fe así, le decían es típicamente infantil. El filósofo, de 83 años, respondió: “Pues, si usted quiere, así es, por cierto. Creo más o menos lo mismo que creía cuando era niño, sólo que, entretanto, he reflexionado más sobre ello. Al final, la reflexión me ha confirmado siempre en la fe”.
¿Cree también el papa todavía lo que creía como niño?

Yo lo diría de manera semejante. Diría: lo más sencillo es lo verdadero, y lo verdadero es sencillo. Nuestra problemática consiste en que, de tantos árboles, no vemos más el bosque, que, de tanto saber, no encontramos más la sabiduría. En ese sentido ironizó también Saint-Exupéry en El Principito sobre la erudición de nuestro tiembo y mostró cómo con ella se pierde de vista lo esencial, y cómo el principito, que no entiende nada de todas las cosas eruditas, ve, en última instancia, más y mejor.
¿Qué es lo que importa? ¿Qué es lo auténtico, lo que sustenta? Ver lo sencillo, eso es lo que importa. ¿Por qué Dios no habría de ser capaz de regalar un alumbramiento también a una virgen? ¿Por qué no podría resucitar Cristo? Por supuesto, si yo mismo establezco lo que tiene permitido ser y lo que no, si yo y nadie más que yo determino los límites de lo posible, entonces tales fenómenos deben excluirse.

Es una arrogancia del intelecto que digamos: esto contiene en sí algo contradictorio, sin sentido, y ya sólo por eso no es posible en absoluto. No es asunto nuestro decidir cuántas posibilidades  abriga en sí el cosmos, cuántas se esconden en él y por encima de él. A través del mensaje de Cristo y de la Iglesia el saber sobre Dios se nos acerca de forma creíble. Dios quiso entrar en este mundo. Dios quiso que no quedáramos limitados a presentirlo sólo desde lejos a través de la física y de la matemática. Él quiso mostrársenos. Y así pudo hacer también lo que se narra en los evangelios. Pudo así crear también en la resurrección una nueva dimensión de la existencia, pudo colocar, como dice Teilhard de Chardin, más allá de la biosfera y de la noosfera, una esfera nueva en la que el hombre y el mundo llegan a la unidad con Dios.

jueves, 20 de junio de 2013

GANDHI



Mahatma Gandhi – Autobiografía

Historias de mis experiencias con la Verdad

Pocos personajes históricos despiertan un interés tan universal como este extraordinario caudillo de la paz, que fue llamado Mahatma (“Alma Grande”) Gandhi, líder del movimiento nacionalista de India y organizador de la resistencia civil contra la dominación inglesa.
Es sin lugar a dudas el profeta de una vida liberada que extiende su ascendiente sobre millones de seres humanos de todo el mundo en razón de su heroísmo, excepcionales virtudes y por su vida ejemplar.
Siempre habrá alguien que encontrará en tan raro ejemplo de santidad la señal de una fortaleza y una severa realidad que no se encuentran en una vida de común benevolencia, moralidad convencional y vaga afectación ascética, que es todo cuanto muchos maestros pueden ofrecer.
Nacido en Porbandar en 1869, de familia humilde, se licenció en Derecho y sufrió diversas condenas por sus campañas políticas. En 1931 representó a la India en la Conferencia de la Tabla Redonda, celebrada en Londres. Fue asesinado en 1948, después de padecer innumerables persecuciones. Frente al lenguaje de las armas, su pacífico temple utilizó tan sólo una rueca para hilar.
Su figura, agrandada por el discurrir del tiempo, es reflejo de una gran voluntad, un fino y estricto sentido de la justicia y la libertad, que, cual perfume que embriaga, se descubre y admira a lo largo de las densas páginas de ésta su Autobiografía.
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“Quien busque la verdad debe ser tan humilde como el polvo. El mundo aplasta al polvo bajo sus pies; pero el que busca la verdad ha de ser tan humilde que incluso el polvo pueda aplastarlo. Sólo entonces, y nada más que entonces, obtendrá los primeros vislumbres de la verdad.
Si algo de lo que escribo en estas páginas choca al lector como expresiones contaminantes de orgullo, entonces debe presumir que hay algo erróneo en mi búsqueda y que mis vislumbres de la verdad no son más que espejismos.
Que perezcan cientos como yo, pero que perviva la verdad”
Gandhi
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CONCLUSIÓN
Estoy cada vez más convencido de que la naturaleza humana es más o menos la misma, cualquiera que sean los climas en donde florezca, y si te diriges a las gentes con afecto y confianza, se te devolverán ese afecto y esa confianza multiplicados por mil.
Yo sé que muchos se llaman artistas y son reconocidos como tales, y, sin embargo, en su trabajo no hay trazas de la elevación e inquietud del alma. Pienso que puedo prescindir enteramente de las formas externas para la realización de mi alma. Hay un poder misterioso e indefinible que impregna todas las cosas. Yo lo siento aunque no lo vea. Es ese poder invisible que se hace sentir, y sin embargo elude toda prueba porque no se asemeja en nada a lo que percibo mediante los sentidos. Creo, literalmente, que ni un tallo de hierba crece o se mueve sin la voluntad de Dios. Él está más cerca de nosotros que la uña de la carne.
Me pregunto si conseguiré dominar mis pasiones. Temo las pugnas venideras y conmigo mismo. ¿Podré alcanzar mi objetivo? Sé que mi camino se halla sembrado de problemas y dificultades y habré de recurrir a los mayores esfuerzos de humildad, en un intento máximo de purificación para que si lo que mi esforzado sentimiento proclama ante el lector que el único medio para la realización de la Verdad es ahimsa (No-violencia), tendré que aceptar que todo mi trabajo al escribir estos capítulos ha sido vano. Y si mis esfuerzos en este sentido no han de rendir sus frutos, sepa el lector que esto prueba que el instrumento es falso, y no el gran principio. Después de todo, por más sincera, que hayan sido mis búsquedas de ahimsa no dejaron de ser imperfectas e inadecuadas. Los chispazos de verdad que he podido entrever y transmitir, apenas si pueden expresar la luz maravillosa que emerge de la Verdad, un millón de veces más intensa que la del sol que diariamente ven nuestros ojos. Pero lo poco que he obtenido, bien puedo decirlo, es un resultado de todas mis experiencias, que me han indicado que una visión perfecta de la Verdad únicamente puede responder a una realización completa de ahimsa.
Para contemplar cara a cara al Espíritu de la Verdad, uno debe ser capaz de amar la menor expresión de la creación como a uno mismo. Y un hombre que aspira a eso, no puede permanecer fuera de cualquier manifestación de la vida. Por ello, mi devoción a la Verdad me llevó al campo de la política; y puedo afirmar sin el menor asomo de duda, y por supuesto con toda humildad, que aquellos que sostienen que la religión nada tiene que ver con la política, no conocen el significado de la religión.
La identificación con todo lo que vive, es imposible sin una autopurificación; sin autopurificación la observancia de la ley de ahimsa no resulta más que un sueño vacío; Dios nunca puede ser comprendido por quien no es puro de corazón. Autopurificación, por lo tanto, debe implicar una purificación en todos los aspectos de la vida. Y la purificación de uno debe, necesariamente, llevar a la purificación de quienes lo rodean.
Pero el camino de la autopurificación es difícil y pausado. Para alcanzar la perfecta pureza, es necesario liberar totalmente de los elementos pasionales el pensamiento, la palabra y la acción; estar por encima de opuestos como odio y amor, atracción y repulsión. No ignoro que aún no he alcanzado esa triple pureza, a pesar de que constantemente vivo buscándola. Se me ocurre que el dominio de las más sutiles pasiones y deseos, resulta más difícil que la conquista del mundo por la fuerza de las armas. Desde mi regreso a la India he tenido experiencias con las pasiones que duermen en mí. El comprobar esto me ha humillado, pero no vencido.
Las experiencias realizadas me han sostenido y llenado de felicidad. Pero sé que aún tengo ante mí un camino lleno de dificultades. Debo reducirme a cero. Hasta tanto un hombre, por propia voluntad, no se considere el último entre las otras criaturas, no hay salvación para él. Ahimsa es el más lejano límite de la humildad.
Al despedirme del lector, por lo menos por el momento, le ruego que se una a mí en una oración al Dios de la Verdad, para que me permita alcanzar ahimsa en la mente, en la palabra y en la acción.

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