martes, 15 de septiembre de 2015


PAPA FRANCISCO

Del santo Evangelio según san Mateo 5, 20-26

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el reino de los cielos. Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar del castigo. Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro de que no saldrás de ahí hasta que hayas pagado el último centavo".

Meditación del Papa Francisco

A los que están heridos por divisiones históricas, les resulta difícil aceptar que los exhortemos al perdón y la reconciliación, ya que interpretan que ignoramos su dolor, o que pretendemos hacerles perder la memoria y los ideales. Pero si ven el testimonio de comunidades auténticamente fraternas y reconciliadas, eso es siempre una luz que atrae. Por ello me duele tanto comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aun entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?


Pidamos al Señor que nos haga entender la ley del amor. ¡Qué bueno es tener esta ley! ¡Cuánto bien nos hace amarnos los unos a los otros en contra de todo! Sí, ¡en contra de todo! A cada uno de nosotros se dirige la exhortación paulina: “No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien”. Y también: “¡No nos cansemos de hacer el bien!”. Todos tenemos simpatías y antipatías, y quizás ahora mismo estamos enojados con alguno. Al menos digamos al Señor: “Señor yo estoy enojado con éste, con aquélla. Yo te pido por él y por ella”. Rezar por aquel con el que estamos irritados es un hermoso paso en el amor, y es un acto evangelizador. ¡Hagámoslo hoy! ¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno!  (S.S. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, n. 100-101).

domingo, 9 de agosto de 2015


La intimidad, un bien escaso
 Por Sergio Sinay   Para LA NACION

Aunque no lo parezca, pasaron treinta años desde aquel aviso en el que una multitud de seres grises y adustos ingresaba a una enorme sala para escuchar ante una pantalla gigantesca la prédica vehemente de quien encarnaba al Gran Hermano que George Orwell había imaginado en 1984, esa novela cada vez menos distópica y más real. En el aviso, esos cuasi autómatas eran liberados por una mujer que huía de los guardianes, rompía la pantalla y anunciaba que desde el 24 de enero de aquel año (precisamente 1984) Apple presentaría Macintosh y, con ese producto, la liberación. El temido 1984 (que, jugando con los números, Orwell describió en 1948) no sería un tiempo de esclavitud mental, de seres vigilados y espiados continuamente, encerrados en un estrecho circuito que no iba más allá de trabajos monótonos, de hogares austeros repletos de artefactos de control (micrófonos, pantallas) y de anuncios según los cuales habría que atravesar aún tiempos duros antes de ver la luz. Se anunciaba que una nueva tecnología venía a liberarnos.

Casi treinta años después, en junio de 2013, Edward Snowden, un ex informante de la CIA y de la NSA (Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos) denunciaba la existencia de un plan de vigilancia masiva en el orden mundial, a cargo de aquellos organismos, por el cual ni el más anónimo habitante del planeta estaba a salvo de ser espiado aun en su más secreta intimidad. En su libro Psicopolítica, el filósofo alemán de origen coreano Byung Chul-Han (agudo estudioso de los fenómenos sociales y culturales contemporáneos, autor también de La sociedad del cansancio y La sociedad de la transparencia, entre otros) sostiene que aquel despótico Big Brother de Orwell ya no es necesario y ha sido suplantado por otro, amable, omnipresente y sin rostro. En una sociedad en que la intimidad pierde terreno hasta desaparecer, en que las personas necesitan exteriorizar en todo momento hasta sus más nimios e intrascendentes actos (dónde están comiendo, con quién están, qué se hallan comprando, por dónde caminan, etcétera), hay lo que él llama una vigilancia sin vigilancia. Todos controlan a todos y todos se someten al control de todos. Basta con mantenerse conectado las 24 horas y asomarse incesantemente a las redes sociales. Sobra incluso la monumental maquinación denunciada por Snowden (hoy paradójicamente refugiado en Rusia, una sociedad de control sin maquillaje).
Es el riesgo de ponerse al servicio de las tecnologías conectivas en lugar de mantenerlas en un estatus de herramientas para ser usadas puntual y específicamente para ciertas tareas, mientras se sostiene la esencial comunicación real, artesanal, en la que personas con identidades, emociones y experiencias intransferibles confluyen en espacios de encuentro reales y no virtuales. La exterioridad permanente, que convierte a los individuos en controladores controlados, elimina una necesidad humana que remarcaba la filósofa Hanna Arendt: la necesidad de solitud. Arendt diferenciaba esto de la soledad (que muchas veces es un estado padecido, no deseado). La solitud, decía, es un retiro voluntario, consciente, que nos permite el diálogo interior, el reencuentro con la propia intimidad (que es más que simple privacidad), nos estimula a contemplar en perspectiva el mundo y sus acontecimientos y a desarrollar en él una presencia propia. Setenta años después de Orwell y treinta más tarde del aviso de Apple, la intimidad sigue siendo un bien escaso y en peligro, que es necesario recuperar y resguardar porque sólo desde ella podemos ir al verdadero encuentro del otro como seres reales y encarnados, y no como fantasmas virtuales.


lunes, 13 de julio de 2015


Si vale todo, nada vale

Por Sergio Sinay   Para LA NACION

En la noche del 16 de junio último, día de descanso durante la disputa de la reciente Copa América, Arturo Vidal, jugador de la selección chilena de fútbol, fue a un casino, se emborrachó y, en la madrugada, estrelló su Ferrari a 160 kilómetros por hora. Salió increíblemente ileso, pero su esposa, que lo acompañaba, sufrió una fractura. Vidal era reincidente (sin llegar al choque, algo parecido había hecho en la Copa de 2011), y la afición chilena se dividió entre quienes esperaban una sanción terminante y quienes optaban por el perdón en nombre del objetivo de ganar el torneo (la propia presidenta Michelle Bachelet se sumó a esta postura). Finalmente el director técnico Jorge Sampaoli decretó la absolución. No es para tanto, dijo. Y señaló que Vidal era un jugador muy valioso para el objetivo final.

En los últimos tiempos el fútbol no deja de disparar temas morales. En este caso lleva a una vieja cuestión nunca zanjada del todo: la del fin y los medios. A la luz de lo ocurrido, el objetivo deportivo (que terminó siendo, como suele ocurrir, casi una cuestión nacional que la política atizó en lugar de atemperar) justificó el hecho de que Vidal hubiese puesto en riesgo varias vidas. La propia, la de su esposa y también la de terceros que podrían haber sido víctimas de su doble inconsciencia (física y ética). Triple responsabilidad. Acaso sin saberlo, al perdonarlo Sampaoli adhirió a la corriente filosófica llamada consecuencialismo, para la cual las acciones se juzgan por sus resultados y el fin justifica los medios. Si nadie muere, sigamos adelante y ganemos la copa. León Trotsky (uno de los cerebros de la revolución bolchevique de 1917, luego defenestrado por Stalin) decía crudamente que "el fin justifica los medios cuando algo justifica el fin". Sampaoli resultó trotskista, al menos en este aspecto. Vaya sorpresa.

Tanto el consecuencialismo como el relativismo (ideología según la cual todo es según como se mire) dificultan la posibilidad de establecer acuerdos morales y convivir en línea con ellos. Ya no se trata de hacer lo que se debe, sino de actuar según a cada cual le parezca. El filósofo Allen Bloom (1930-1992), autor de The Closing of the American Mind, obra que atacaba duramente el empobrecimiento de la cultura estadounidense, dijo que el relativismo moral, al imponerse en las sociedades contemporáneas, acabó con el motivo real de la educación: la búsqueda de una vida buena. Es decir, una vida basada en la armonía personal dentro de una armonía colectiva. Algo posible cuando existe un contrato moral básico por el que se acuerda qué es bueno y es malo, qué está bien y qué está mal.


No es lo mismo pegar para enseñar que enseñar con paciencia, respeto y amor. No es lo mismo robar pero hacer (suponiendo que esto fuera posible) que hacer sin robar. No es lo mismo invocar a Dios para matar en su nombre o para amar en su nombre. En su libro Relativismo moral, el profesor de la Universidad de Nueva York Steven Lukes define esta corriente como "la idea de que la autoridad de las normas morales es relativa al tiempo y al lugar". Agrega que tales normas son necesarias y útiles a la hora de actuar en el día a día. Son una brújula que orienta en los vínculos, el trabajo, la vida ciudadana. Alientan el apego a valores, dice; evitan el daño a los demás y fomentan el bienestar general. Y, en definitiva, apuntan al interés común antes que al propio. Ayudan a construir una sociedad sostenible y habitable en todos los planos. Cuando el fin justifica los medios, muchos medios se convierten en fines. Así, vale todo. En el fútbol, en la política, en los negocios, en todas partes. Y entonces nada vale.