martes, 24 de noviembre de 2015


Secretos de una hazaña


El hombre de la hazaña cambió su destino el día en que descubrió el engaño de su padre. Franco Macri, un italiano de elogio parco, había preparado con detalle y rigor a Mauricio para comandar su holding, y finalmente había anunciado a toda la familia su retiro. Franco quería dedicarse por fin a la vida y al descanso, luego de décadas de intensa brega. Le organizaron una larga y afectuosa despedida, y el grupo se aprestó a recibir las órdenes del heredero.
Pero a poco de andar, Mauricio comenzó a notar que sus ideas por una u otra razón se desbarataban y que a veces sus directivas eran desoídas en los distintos niveles. Contrariado por ese misterio, inició una investigación. En el extremo final de esa madeja se encontró con la mano invisible que seguía gobernando las compañías: su padre había engañado a todos, sencillamente porque se había engañado a sí mismo; en realidad, no podía ni quería retirarse.
Nadie se retira de su obra ni de sus sueños. Fue entonces cuando Mauricio Macri entendió que no debía suceder al patriarca ni jugar su juego. Comprendió que debía partir y abrirse camino solo y muy lejos de aquella larga sombra rectora.
La consecuencia de ese empeño personal fue la conquista de Boca Juniors, que gerenció con éxito, para sorpresa de propios y extraños. Carlos Menem se percató de que aquel joven dirigente de fútbol podía ejercer el liderazgo político y creyó percibir en él un distinguido toque popular. Lo llamó y le dijo que podía convertirse en el nuevo conductor del peronismo: le proponía una carrera, tal vez una instrucción, quizás una tutela.
Pero Mauricio no creía en tutelas, en empresas de otros ni en fuerzas tradicionales: declinó la propuesta y siguió por su cuenta y riesgo. Su partido nace de las hogueras de 2001, cuando se instala en la Argentina la certeza de que todos, absolutamente todos habían fracasado. Esa formación es integrada, en primer lugar, por no-políticos, por tecnócratas sin ideología y también por peronistas desencantados. Desde sus inicios, Néstor Kirchner detectó en Mauricio Macri un antagonista peligroso. Hay que reconocerle fino olfato al marido de Cristina, puesto que el resto de la clase política tendía entonces a subestimar fuertemente al ingeniero. Néstor mandó a hostigarlo día y noche sin piedad. Eran las remotas épocas de la transversalidad y el ex presidente soñaba con colocar al kirchnerismo en la centroizquierda del tablero.
Necesitaba, para su malogrado propósito, instalar enfrente a un Aznar de bajas calorías, un centroderechista de referencia pero con partido vecinal, el enemigo deseado, un mero sparring para el campeón. Pero había que vigilarlo de cerca, no fuera que el pibe creciera y les pegara un buen susto.
Macri se entrevistaba con todo el arco y trataba de aprender el oficio, pero caía a veces en la tentación de transformarse en lo que Néstor pretendía. Aunque de vez en cuando emitía mensajes de simple profesionalismo gestionario, de desprejuicio total y de insólitos desmarques: era mucho más liberal que conservador, confraternizaba con peronistas y con progres, y coincidía punto por punto con la defensa republicana de los radicales. Alguna vez señalé en este diario que si Pro no se inscribía en una tradición, por default siempre sería la reencarnación de Álvaro Alsogaray. Un jovencísimo Marcos Peña me vino a ver al café Roma: estuvo discutiendo conmigo una hora y media sobre la imposibilidad de adoptar tradición alguna y sobre la importancia de fundar algo completamente nuevo. Sin mentores, ni liturgias, ni pasado. No me convenció, aunque me hizo sentir un poco viejo.
La conversación siguió en la oficina de Jaime Durán Barba: el gurú aceptaba únicamente la chance de que Mauricio reivindicara a Arturo Frondizi, brillante estadista fallido e ídolo máximo del ingeniero. Puertas adentro, Pro gozaba con su carácter incómodo e inclasificable. Un partido del siglo XXI que construía de abajo hacia arriba, que resistía las categorizaciones clásicas y que, por lo tanto, los veteranos no alcanzábamos a decodificar.
Cuando ganó las elecciones de 2011, la Presidenta lo llamó por teléfono a Mauricio y le dijo: "Te felicito, ahora quedamos vos y yo". Scioli no entraba en su horizonte. Menem, Néstor y Cristina: los tres líderes peronistas vislumbraron que ese advenedizo venía para quedarse y que estaba para las grandes ligas.
La chavización que operó la patrona de Balcarce 50 empujó luego a Macri hacia el radicalismo y hacia el peronismo disidente, colectivos en los que encontró interlocutores y coincidencias. Nunca se sintió parte de una lucha entre peronistas y antiperonistas, ni entre progresistas y neoliberales. Siempre pensó, al igual que Laclau y Sebreli, que la disyuntiva del momento era populismo o república. La construcción del Frente Cambiemos obedece a esas coordenadas candentes.
Pro se atrevió, durante esta década, a disputar con el peronismo los segmentos más carenciados del país, y esto resultó toda una novedad. Se equivocan quienes afirman que el triunfo de Macri despertó la alegría de los más pudientes y las lágrimas de los más postergados. Eso hubiera sido muy conveniente para el folklore justicialista, donde está grabada para siempre la famosa anécdota de Ernesto Sabato en 1955, cuando los doctores celebraban la caída de Perón y las modestas empleadas lloraban en la cocina. Nada de eso ocurrió esta vez: María Eugenia Vidal destronó a la corporación del conurbano al captar el voto de los pobres.
Durante la feroz campaña del miedo que instrumentó la Casa Rosada en las últimas dos semanas, pudo constatarse que en muchos hogares de clase media alta y decididamente alta los jóvenes empleados del Estado o estudiantes universitarios se plegaban al antimacrismo, mientras las mujeres dedicadas a la limpieza (todas habitantes del conurbano profundo) no sólo votaban por Macri, sino que colocaban su triunfo en la cadena de oraciones de sus parroquias. No se puede llegar a la Presidencia de la Nación sin el voto de los más humildes en un país que tiene 14 millones de personas bajo la línea de la pobreza.
Los kirchneristas se equivocaron al no combatir al verdadero Macri, sino a la caricatura fantasmal que ellos mismos habían inventado: lo acusaban de hablarles a los ricos (cuando lo oían también los pobres), de defender la dictadura (cuando jamás tuvo nada que ver con ella) y de ser un privatizador serial (cuando en la ciudad llevó a cabo una política de Estado presente). También se equivocó el Gobierno al decir que era el candidato del establishment: varios miembros del "círculo rojo" quisieron presentarle su pliego de condiciones y Macri, sin complejos y porque los conoce de sobra, los sacó carpiendo. Scioli, en cambio, les otorgaba de antemano todo lo que le pedían. Vaya paradoja.
El triunfo de anteayer es en cierta medida revolucionario: demuestra que un argentino puede crear de cero un partido político, ganar un bastión importante, gestionarlo contra viento y marea, articular desde allí una alianza nacional y quedarse con el premio mayor. Nadie lo había logrado. Mauricio Macri deberá probar ahora que es capaz también de robustecer la gobernabilidad, administrar generosamente la coalición, negociar las políticas de Estado, restaurar las instituciones, desarmar la bomba económica sin que los carenciados sufran. Y eludir las conjuras destituyentes que siempre acechan a los mandatarios no peronistas.
No bastará, para semejante desafío, con su épica personal ni con su partido inclasificable. El ingeniero construyó pieza por pieza un prototipo, que funcionó a escala local. Necesitaremos verlo evolucionar en las pistas del gran escenario para saber si levanta vuelo. Habrá que vigilarlo de cerca y criticarlo sin empachos si se equivoca, dado que en sus manos quedó la chance de una alternancia, la renovación peronista y la recreación del sistema de partidos políticos.

Lo que hay en juego es mucho más que la epopeya de un hijo desafiando el ardid de su padre. El partido único de poder, momentáneamente derrotado, espera un error para volver y quedarse para siempre.

martes, 15 de septiembre de 2015


PAPA FRANCISCO

Del santo Evangelio según san Mateo 5, 20-26

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el reino de los cielos. Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar del castigo. Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro de que no saldrás de ahí hasta que hayas pagado el último centavo".

Meditación del Papa Francisco

A los que están heridos por divisiones históricas, les resulta difícil aceptar que los exhortemos al perdón y la reconciliación, ya que interpretan que ignoramos su dolor, o que pretendemos hacerles perder la memoria y los ideales. Pero si ven el testimonio de comunidades auténticamente fraternas y reconciliadas, eso es siempre una luz que atrae. Por ello me duele tanto comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aun entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?


Pidamos al Señor que nos haga entender la ley del amor. ¡Qué bueno es tener esta ley! ¡Cuánto bien nos hace amarnos los unos a los otros en contra de todo! Sí, ¡en contra de todo! A cada uno de nosotros se dirige la exhortación paulina: “No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien”. Y también: “¡No nos cansemos de hacer el bien!”. Todos tenemos simpatías y antipatías, y quizás ahora mismo estamos enojados con alguno. Al menos digamos al Señor: “Señor yo estoy enojado con éste, con aquélla. Yo te pido por él y por ella”. Rezar por aquel con el que estamos irritados es un hermoso paso en el amor, y es un acto evangelizador. ¡Hagámoslo hoy! ¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno!  (S.S. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, n. 100-101).

domingo, 9 de agosto de 2015


La intimidad, un bien escaso
 Por Sergio Sinay   Para LA NACION

Aunque no lo parezca, pasaron treinta años desde aquel aviso en el que una multitud de seres grises y adustos ingresaba a una enorme sala para escuchar ante una pantalla gigantesca la prédica vehemente de quien encarnaba al Gran Hermano que George Orwell había imaginado en 1984, esa novela cada vez menos distópica y más real. En el aviso, esos cuasi autómatas eran liberados por una mujer que huía de los guardianes, rompía la pantalla y anunciaba que desde el 24 de enero de aquel año (precisamente 1984) Apple presentaría Macintosh y, con ese producto, la liberación. El temido 1984 (que, jugando con los números, Orwell describió en 1948) no sería un tiempo de esclavitud mental, de seres vigilados y espiados continuamente, encerrados en un estrecho circuito que no iba más allá de trabajos monótonos, de hogares austeros repletos de artefactos de control (micrófonos, pantallas) y de anuncios según los cuales habría que atravesar aún tiempos duros antes de ver la luz. Se anunciaba que una nueva tecnología venía a liberarnos.

Casi treinta años después, en junio de 2013, Edward Snowden, un ex informante de la CIA y de la NSA (Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos) denunciaba la existencia de un plan de vigilancia masiva en el orden mundial, a cargo de aquellos organismos, por el cual ni el más anónimo habitante del planeta estaba a salvo de ser espiado aun en su más secreta intimidad. En su libro Psicopolítica, el filósofo alemán de origen coreano Byung Chul-Han (agudo estudioso de los fenómenos sociales y culturales contemporáneos, autor también de La sociedad del cansancio y La sociedad de la transparencia, entre otros) sostiene que aquel despótico Big Brother de Orwell ya no es necesario y ha sido suplantado por otro, amable, omnipresente y sin rostro. En una sociedad en que la intimidad pierde terreno hasta desaparecer, en que las personas necesitan exteriorizar en todo momento hasta sus más nimios e intrascendentes actos (dónde están comiendo, con quién están, qué se hallan comprando, por dónde caminan, etcétera), hay lo que él llama una vigilancia sin vigilancia. Todos controlan a todos y todos se someten al control de todos. Basta con mantenerse conectado las 24 horas y asomarse incesantemente a las redes sociales. Sobra incluso la monumental maquinación denunciada por Snowden (hoy paradójicamente refugiado en Rusia, una sociedad de control sin maquillaje).
Es el riesgo de ponerse al servicio de las tecnologías conectivas en lugar de mantenerlas en un estatus de herramientas para ser usadas puntual y específicamente para ciertas tareas, mientras se sostiene la esencial comunicación real, artesanal, en la que personas con identidades, emociones y experiencias intransferibles confluyen en espacios de encuentro reales y no virtuales. La exterioridad permanente, que convierte a los individuos en controladores controlados, elimina una necesidad humana que remarcaba la filósofa Hanna Arendt: la necesidad de solitud. Arendt diferenciaba esto de la soledad (que muchas veces es un estado padecido, no deseado). La solitud, decía, es un retiro voluntario, consciente, que nos permite el diálogo interior, el reencuentro con la propia intimidad (que es más que simple privacidad), nos estimula a contemplar en perspectiva el mundo y sus acontecimientos y a desarrollar en él una presencia propia. Setenta años después de Orwell y treinta más tarde del aviso de Apple, la intimidad sigue siendo un bien escaso y en peligro, que es necesario recuperar y resguardar porque sólo desde ella podemos ir al verdadero encuentro del otro como seres reales y encarnados, y no como fantasmas virtuales.